LIVING

Ratones de campo y ratas de ciudad


El pasado mes pude darme un capricho en forma de escapada de fin de semana. El destino elegido fue Burgos, concretamente una zona cercana a La Rioja y al Valle de Ezcaray. Todo un placer para los sentidos y más en estos días de otoño donde los árboles se pintan de colores que avergonzarían al mismísimo Pantone. Colores que van desde el amarillo hasta el verde pasando por el rojo y el granate. Todo ello acompañado de montañas y ríos y, por supuesto, bañado con una luz que desde primera hora se encargaba de proyectar las sombras y llenar de luz las copas de algunos pocos árboles afortunados. Recomendable al 100%.

Las ratas de ciudad (todos aquellos ‘afortunados’ que vivimos en una ciudad grande y de la cual somos totalmente adictos) necesitamos regularmente escapar de ella con la esperanza de encontrar naturaleza, paz y tranquilidad. En Madrid esta costumbre es más necesaria de lo normal. Personalmente, tengo la sensación de que en el tiempo que paso fuera de la gran ciudad recupero días de vida. Normalmente son los mismos días que pierdo en el atasco que encuentro al volver, pero yo me quedo a gusto.

Pues bien, en aquella tarde de domingo de vuelta a casa, mientras dejaba atrás con el coche los pequeños pueblos que salpican el mapa burgalés, me dio por pensar en sus habitantes. No simplemente en como son, sino en sus hábitos de vida y en lo que pensaran de todas las tonterías que les van llegando desde la ‘gran ciudad’. Tonterías que para mí son el pan de cada día (e incluso me dan de comer) pero ellos, ¿qué pensaran de las redes sociales? ¿qué uso les darán? ¿cómo consumirán música, cine o teatro? ¿lo consumirán? ¿que supone la moda para ellos? En definitiva: ¿cómo de alejados estamos los habitantes de la ciudad con los de un pueblo de un par de decenas de habitantes?

Cuando pasaba airadamente con el coche por sus tranquilas calles principales, quedaban atrás las típicas señoras sentadas en la puerta de sus casas (deporte regional en cualquier pueblo que se precie), aquel hombre barbudo que pasea con su perro antes de que caiga el sol (no confundir con un hipster), el típico postadolescente que gasta todo lo que gana en tunear (con escaso gusto) su Seat León o aquel triste hombre que vuelve de trabajar su huerta, siempre bien ataviado con su tractor, sus pantalones azules y su camisa antes-blanca bien metida por dentro. Pienso en el momento en que esas personas enciendan la televisión o la radio y se encuentren con un mundo que les parecerá una entupida broma. Un mundo de Youtube, Twitter, foodtrucks, famosos o hipsters. El mundo del aguacate, de la quinoa, de los perros hasta en la sopa, de los coches eléctricos, de las camisetas largas y los pantalones cortos. Un mundo totalmente superficial, lleno de atractivos y campañas de marketing de productos que difícilmente consumirán. Moda, cosmética, tecnología, coches…

Con esto no digo que cualquiera de estas personas no este preparada intelectual o económicamente para consumir o utilizar alguna de estas cosas. Voy más allá. Creo que ninguna de estas personas las necesita. Probablemente lleven una vida mucho más austera, se levanten cuando el sol quiera, compren lo que este a disposición en la pequeña tienda del pueblo, usen la vieja bicicleta del garaje, sintonicen TVE y lean el Marca. Pero tampoco veo en el día a día de esta buena gente pastillas para dormir, citas con el fisioterapeuta o la palabra estrés. Seguro conocen el significado de la palabra ‘estrés’ pero creo que rara vez lo han sentido.

En el fondo los envidio, aunque sinceramente no creo que aguantase su ritmo de vida más de 2 días seguidos (lo que dura una deliciosa escapada de fin de semana). Pero no puedo evitar sentir lastima en aquel domingo, cuando el sol se cae y el escaso repunte de vida que esos pequeños pueblos tienen el fin de semana se desvanece. Se quedan fríos, oscuros y tranquilos. No es una tranquilidad como cuando dices ‘hoy la Gran Vía está tranquila’, es más como la escena de la película ‘Abre los ojos’ donde podemos ver esta calle completamente vacía de gente y coches. Definitivamente les envidio a la vez que les compadezco.

Las ratas de cuidad siempre volvemos a casa. Atrás queda el bar de la plaza, la partida de tute después de comer, el aparcamiento ‘a la americana’ en cualquier calle, el aire que limpia pulmones y llena hasta el alma, el cielo azul Photoshop, el tractor a 15 km/h, las sillas en la puerta de casa, el perro suelto que pasea por el pueblo sin dueño ni cadena, el gato tumbado al sol, los tomates que saben a tomate, las chimeneas…

Es otra vida. Ellos no nos necesitan. No necesitan nuestras tonterías. Nosotros si.

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JUNTANDO LETRAS

Mario, llevaba tiempo sin verte por aquí…


cadena rota orejas de punta

Me lo digo a mí mismo y lo hago extensivo a muchos de vosotros. Llevaba tiempo sin aparecer por aquí.

No ha sido una despedida (como es obvio), aunque reconozco que en algún momento se me ha pasado por la cabeza. Más bien ha sido un ‘te veo luego’ y ese luego se ha alargado desde abril. Muchos días han pasado y muchas cosas buenas también desde aquel ultimo post.

Durante estos meses he podido descubrir lo que se siente al no tener jefe. Desde el pasado mes de junio trabajo por fin como freelance haciendo lo que realmente me gusta (aunque quizá no sea lo que mejor se me da). Ligado al mundo del marketing desde hace ya algunos años realmente no estoy disfrutándolo hasta ahora. Todo lo anterior se limitó a acatar y obedecer. Eso no es sano. Te limita como persona y te hace más torpe y conformista cada día, llegando incluso a plantearte que solo sirves para eso y con suerte lo harás durante el resto de tu vida. La de talentos que se están perdiendo en este sistema organizativo por el cual se presupone que los que jerárquicamente están más arriba que tu saben más.

Sinceramente no es fácil. Ya no es solo que ahora seas tú el responsable de tus fallos, sino que cometerlos te puede llevar a quedarte sin empleo, sin dinero y sin reputación. Pero todo esto está más que compensado con la esperanza de colgarte la medalla de tus logros. Y es que no todo tiene porque ir mal! Intentar las cosas es el primer paso para conseguirlas. Quizá este primer paso sea el más importante y difícil de todos.

Recuerdo un día en que una antigua compañera, María, me dijo que ‘debería dedicarme a escribir’. Por un momento pensé que eso era una utopía y una solemne gilipollez. Escribir yo? El qué? Sobre qué? Para quién? Yo soy de ciencias y apenas se de ortografía! Pero mira por donde, entre otras cosas, ahora me gano la vida escribiendo para otros, y esto no ha hecho más que empezar.

Mi rutina diaria ha cambiado bastante. Confieso que ahora al levantarme por las mañanas no me peino, trabajo en pijama. Tardó en llegar a la oficina lo que tardo en recorrer la decena de metros que separan la habitación del salón. Mi compañero de trabajo es un gato. Mi horario de trabajo es indeterminado. A media mañana me pongo a los Kings Of Leon. Mi calidad de vida es infinitamente mayor.

A veces salgo a trabajar por ahí. Concretamente estas líneas las escribo desde la cafetería del Campus Madrid cerca del Manzanares. Otras veces voy a La Bicicleta en Malasaña. En todos estos sitios me siento de vacaciones y descubro que hay otra realidad fuera del polígono y de la nave industrial. Conozco a diario gente que trabaja de una forma diferente, pero trabaja tanto o más que cualquier otro. Trabaja incluso cuando no trabaja pero disfruta de su trabajo. Gente con proyectos y con ideas, que han dado ese primer paso y sudan a diario para que tengan un futuro. Esa gente ha abandonado la comodidad de la rutina y del sueldo fijo a fin de mes por ‘hacerse a sí misma’. Cuando unos ven fútbol los domingos ellos leen para ampliar conocimientos. A ese tipo de gente me refiero. Una vida dedicada a su propio crecimiento personal. Siempre con el portátil a cuestas. Les admiro.

Tienen mi admiración porque es difícil no dejarse arrastrar por esta libertad y caer en el metafórico ‘sofá de la vida’ y poner los pies sobre la mesa. No es fácil levantarse pronto por la mañana cuando puedes dormir hasta que te duela el cuerpo. No es fácil hacer ser el departamento comercial, financiero, administrativo, marketing, etc.. El hombre o mujer orquesta, y por cuatro duros. No es fácil pero compensa.

No me extiendo más. Solo quería poneros en situación y animaros a dar el paso. Romper las reglas. Ser vosotros mismos y crecer. A partir de ahora nos veremos más por aquí y si os parece poco también podéis seguir mis post en el blog de Nuñez de Arenas.

Bienvenidos a mi nueva vida!

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El día en que Google empezó a cambiarnos la vida


simpsons movil google orejas de punta

 

Es fácil mirar atrás y recordar. El recuerdo es algo verdaderamente agradable y una capacidad por la que tenemos que estar agradecidos (a quien sea). Los recuerdos nos han ayudado en nuestro camino hasta llegar a ser lo que somos ahora y sin ellos no habría sido posible avanzar. Los recuerdos son una forma ‘poética’ de aprendizaje que se van acumulando y descartando con más o menos aleatoriedad en nuestra cabeza. ¿Significa esto que si dejamos de recordar dejamos también de aprender?

Todas estas divagaciones vienen por algo que me sucedió hace unos días. Puede sonar a que me lo estoy inventando pero os prometo que es totalmente real. El otro día alguien bajo la ventanilla de un coche y me pregunto donde se encontraba una calle! Lo que me llamo la atención fue el hecho de que uno de los acompañantes del coche iba trasteando con su teléfono (smartphone) totalmente ajeno al asunto. Yo no conocía la dirección así que no serví de mucha ayuda pero el caso es que según el coche seguía su errante camino en mi cabeza se dibujo la pregunta: ¿y porque no lo mira en Google?

Reflexione un rato y me di cuenta de cómo Google (ayudado por un desarrollo informático y de comunicaciones inalámbricas brutal) ha entrado en nuestras vidas hasta la cocina construyendo una nueva forma de encarar los problemas cotidianos.

Recuerdo por ejemplo cuando era adolescente y quedaba con mis amigos para dar una vuelta por el centro o directamente quemar Madrid. Teníamos un curioso sistema que intentare explicar de la manera más sencilla que pueda. En primer lugar nos llamábamos al teléfono fijo en orden de forma que cada uno fuese llamando sucesivamente a otro para informar del plan y nadie quedase fuera de este. Fijada la hora se arrancaba en una parada de metro y sucesivamente se iban incorporando amigos al grupo en sus respectivas paradas, siempre a la altura del tercer vagón de la línea 1 y siempre con una diferencia de tiempo calculada con precisión para que nadie tuviese que esperar más de 5 minutos. Era complejo pero a la vez sencillo. No había cobertura ni red de datos por lo que si alguien no aparecía a tiempo simplemente tocaba esperar. Hoy en día este sistema parece impensable y ha quedado a la altura del paleolítico.

Y como este ejemplo se me vienen a la mente muchos otros.

Seguro que más de una vez has intentado poner nombre y remedio a esos síntomas enfermizos que se apoderan de un día para otro de tu cuerpo. El médico de carne y hueso pasa a un segundo plano cuando internet es una gran fuente de información (más o menos fiable) con la que poner nombre y apellidos a tus síntomas y atacar el problema.  Mentirías si dijeses que nunca has buscado información sobre esa chica con la que estas a punto de quedar para tomar tu primer café. Las redes sociales o cualquier otro sitio son lugares perfectos para indagar en su presente y pasado, y Google te pone toda esa información en bandeja. ¿Por qué esperar a conocerla en persona si puedes ir espiando a través de la gran ventana? Por supuesto preguntar por una calle resulta ridículo cuando Google Maps es capaz de casi todo, rápido y con una precisión milimétrica. A veces pienso que si pierdo el norte o no sé qué rumbo tomar en mi vida Maps tendrá la respuesta…

Todo está en Google y por ende cada vez mas información va saliendo de nuestras cabezas. El espacio cerebral es finito. ¿Tiene sentido entonces recordar cantidades ingentes de información cuando esta puede estar almacenada y disponible en tu bolsillo? En mi opinión, creo que estas comodidades del siglo XXI nos estén haciendo más tontos y simplemente ahora disponemos de unas herramientas con las que podemos abarcar muchísima más información. Quizá ya no recordemos la solución al problema pero ahora tenemos las formulas para poder solucionarlo. Probablemente seamos más ignorantes pero a la vez más sabios ‘en potencia’.

Sócrates ya se planteo el dilema de que ‘la escritura acabaría con nuestra memoria’. De esto hace muchos años (y paradójicamente Sócrates lo dejo escrito) y a día de hoy no se podría decir que el hombre tiene menos capacidad de recordar que antes. Quizá esté más acostumbrado a conseguir todo fácil y rápido y probablemente Google tenga la culpa de ello pero no cabe duda de que hombre y maquina funcionan mejor cuando trabajan juntos.

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