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Política a golpe de “tuit”


Siempre he sido bastante miedoso a la hora de escribir sobre un tema tan controvertido como es la política. Aunque he ido soltando “pildoritas ideológicas”, nunca me he atrevido a entrar de lleno en este pantanoso territorio lleno de ofendidos y de quienes buscan ofender. No es mi caso, sino todo lo contrario. Este “retiro forzado” nos está poniendo en situaciones donde nunca habíamos estado, nos está obligando a salir de nuestra zona de confort y a ir más allá de nuestros límites. Que mejor decorado para poner en su sitio a nuestra clase política.

Quiero destacar también desde un principio que por suerte hay contadas excepciones que no siguen las normas del resto, o al menos no lo parece. Creo que estos políticos deberían servir como ejemplo de lo que realmente debería ser la política e inspirar al resto. El problema viene cuando la gran masa (nosotros) valoramos el golpe bajo, la patada por detrás o la lucha encarnizada por encima de la mano tendida. Pero lo peor no es únicamente nuestra valoración personal, sino nuestras alteradas intenciones de cara a las urnas. 

Quiero mantener esta reflexión en un tono políticamente neutral. Por encima de banderas, colores, ideologías o formas de pensar, nuestros políticos cada día se alejan más de lo que esperamos de ellos. Y es un problema generalizado. Por supuesto que siempre ha existido el debate político, la oposición y la consecuente crítica, pero desde hace ya algunos años lo único que vemos es esta última. Muchísima crítica, con una fuerza y una violencia altísima, una crítica que no busca aportar sino castigar y desprestigiar al mal llamado oponente. Crítica que cambia de bando según cambia el color de quien gobierne. Todos son culpables. Todos están enganchados a esta nueva moda y quien lo sufre es el votante.

Buscando similitudes o justificaciones, encuentro un parecido muy grande entre las intervenciones políticas y la red social Twitter. Descontando la parte de anonimato que ya poco importa, en ambos se lanzan frases y argumentos demoledores. Muchos de ellos no están contrastados, otros son directamente falsos, otros muchos son exageraciones y en la mayoría se usa un lenguaje muy duro con expresiones que rozan el límite del insulto. Creo que esto tiene una explicación: en ambos se busca decir lo que sea con el objetivo de que acabe perdiendo el contexto y apareciendo en cualquier medio, dispositivo o red social donde pueda gozar de credibilidad y cumplir el objetivo antes mencionado. Esta realidad es tan triste como peligrosa, ya que llega un punto en que la mayoría de lo que se dice o es parcialmente falso o no tiene ningún valor.

No nos olvidemos que los políticos (todos) tienen un sueldo bastante importante (unos 80.000 € anuales de media para un diputado) y que este sueldo sale en gran parte de todos los ciudadanos a los que representan y para los que trabajan. ¿No pensáis que tenemos todo el derecho a exigirles que se comporten como adultos y trabajen con la profesionalidad propia del salario que cobran? Tenemos todo el derecho y además deberíamos de exigirlo por nuestro propio bien, ya que de la actuación de los políticos dependen innumerables cosas que van a afectar antes o después a nuestra vida.

Imagino cómo sería si en mi empresa nos comportásemos de esta manera. Gente por los pasillos despotricando de otros departamentos, reuniones donde se suceden las descalificaciones y las críticas destructivas, estancamiento de los proyectos y petición recurrente de despidos o renuncia del puesto de trabajo. Esto en la oficina, pero luego mucho más en las redes sociales. Es un completo absurdo. Los compañeros nos cuestionamos y nos exigimos, pero también nos valoramos y nos apoyamos en base a un interés común que es nuestra empresa. Esa empresa podría ser España.

Además, mantener un estado de madurez es especialmente importante en estos días y puede ayudarnos a salir cuanto antes de esta dura crisis que estamos atravesando por culpa del maldito virus. Es un momento para estar todos a una, colaborar con las medidas que se tomen o aportar otras propuestas que quizá puedan ser más acertadas. Es el momento de dar un ejemplo de unión y solidaridad entre partidos que cale a la sociedad y contagie también ese mismo espíritu. Hay que predicar con el ejemplo, dejar a un lado siglas y colores y luchar contra el único enemigo común. Ya habrá tiempo de analizar y exigir responsabilidades, que las hay. Ya habrá tiempo de pensar en las próximas elecciones y hacer campaña. Pero ahora no es el momento.

Como ciudadanos y votantes podemos actuar desde ya tratando de no dar difusión ni crédito a este tipo de intervenciones independientemente del partido que sean. También podemos comenzar nosotros a no replicar el discurso de odio y descalificación permanente que nos llega. Debemos de cortar la expansión de este otro virus y “no reenviar” a nuestro entorno nada que no nos represente o con lo que no nos sintamos 100% identificados. Podemos hacer muchas cosas ya, pero también tendremos una oportunidad muy grande en las próximas elecciones, donde espero poder volver a sentirme orgulloso de votar.

Disco escuchado mientras escribía este post: THE STROKES – ‘’The New Abnormal”

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Cuando los árboles ya no te dejan ver el bosque.


bosque redes sociales orejas de punta

He llegado a un punto de saturación. Saturación por la mezcla de cosas. Saturación similar a los decorados de Telecinco donde más siempre es mucho más y a la vez muchísimo menos. Saturación por exceso y por sistema. Saturación como cuando de chico disfrutaba mezclando todo lo que quedaba en la mesa después de comer con el único e infantil propósito de conseguir una sustancia realmente increíble (aunque mi madre nunca aprobaba mis atrevidos experimentos). La mezcla de cosas en ese vaso me recuerda bastante a la vida. Una mezcla de intereses, objetos, máquinas, trapos y actividades para hacer de uno mismo algo parecido a aquella ‘sustancia realmente increíble’, tan increíble o mas que las otras ‘sustancias’ que nos rodean (inalcanzables en apariencia). Pero como decía, la mezcla se ha saturado y por si misma ya no vale nada.

Y puede que el problema hayan sido los diferentes compuestos o mi torpeza al combinarlos, pero por el momento hoy solo quiero poner el foco en el instrumental. He tenido una relación breve pero intensa con dos herramientas en concreto y creo que ha llegado el momento de desecharlas, de sacarlas de mi vida como zapatillas viejas que ya no ayudan a avanzar.

Instrumento 1: Twitter, el salvador capturado por las tropas enemigas.

Llegue a Twitter sin darme cuenta, supongo que como todos, quizá más rebotado por el aburrimiento de Facebook que otra cosa y con la esperanza de encontrar algo realmente diferente. Por aquella época comenzaba a aparecer una serie de #simbología y #expresiones que prometían mucho pero realmente acabaron por ofrecer @nada. Y es que en un principio el planteamiento de Twitter parecía bastante sano: ‘una red social nueva en la que la relación de “amistad” no tenía que ser bilateral y un límite de 140 caracteres para ofrecerte al mundo’. Habiendo triunfado ya en otros países yo no quise dejar pasar este tren.

Al principio todo es nuevo y fascinante. En tan solo unos minutos estas siguiendo a gente a la que admiras (en el fondo igual no les admiras tanto pero bueno por alguien habia que empezar). La red te siguiere también gente menos interesante que quizá conozcas de otras redes sociales. Lógicamente aceptas la proposición y les dedicas un follow. Incluso llega el día que le echas valor y atreves con tu primer inocente tweet. Días más tarde descubres que este no ha tenido repercusión (y no digo poca, digo ninguna!). No sabes si alguien en el otro lado del mundo lo habrá leído pero lo que es claro es que no ha marcado una época. Al poco descubres que ya tienes gente que te sigue (tu pequeño club de fans) que casualmente son los que seguiste tu en tu primer día. No es fantástico? Tus primeros followers!

Y pasa y pasa el tiempo y todo sigue igual. Sigues buscando ese tweet que te convierta en una estrella mediática, incluso ahora mencionas y pones hashtags como si no hubiese un mañana, convirtiéndote en un ‘tuitero de pro’, pero ni con esas.  Presumes y disfrutas de tus decenas de seguidores, la mayoría perfiles que solo hacen autopromoción (publicidad pura y dura) y que ni siquiera se interesan por ti. Aguantas y sigues sintiendo que hay mucha información que por alguna extraña razón no te llega, que la red puede ofrecerte mas, algo diferente. Tu tablón se mueve a un ritmo frenético y el 95% de lo que lees son cosas que no te interesan, casi siempre ‘rewiteadas’ por esos famosos a los que admirabas (ojo a la cantidad de tecnicismos que estoy usando).  Demasiada paja y poco grano. Descubres gente que tiene éxito de ese singular universo y quieres ser como ellos  Y un día te cargas de inspiración y empiezas a ‘twittear’ cosas ridículas solo con la excusa de meter una # o una @ y sentirte importante. Te crees todo un trendsetter. Empiezas a escribir mas y a dejar de leer al resto. El éxito no llega y piensas que el problema está en la gente a la que sigues y buscas gente nuevo, pero nada cambia. Lo has intentando todo y por fin tiras la toalla.

Comencé en Twitter con ilusión de un niño y acabe buscando mi momento de gloria como haría un buen ‘tronista’. Tres años después la fama y los followers nunca llegaron y la ilusión por compartir hace tiempo que la perdí. La red del pajaritose ha convertido en un hervidero de publicidad camuflada en ‘RTs’ y ‘famoseo’ vario. Las personas que habitábamos ese mundo nos convertimos en victimas del propio sistema. Twitter se está hundiendo en en el barro. La red que comenzó siendo para las personas ha acabado convirtiéndose en el refugio perfecto de las empresas.

Instrumento 2: Instagram, el escaparate de las increíbles vidas ajenas.

Tengo que reconocer que al principio para mi Instagram solo sirvió para retocar un par de fotos. La verdad que sin conocimientos de fotografía y con un móvil se podían conseguir resultados muy aparentes, realmente bonitos. Al poco descubrí que detrás de esa utilidad fotográfica se escondía una red social y también un mundo cruel.

Todo pintaba bien desde el punto de vista artístico. Para los que nos sentimos atraídos por la imagen, y más concreto por la fotografía, Instagram era como acudir a una exposición pero en la palma de tu mano. En este portrait no me encontraba solo y al poco también fui tentado a relacionarme con gente de mi circulo social (siempre los mismos) y aquí es cuando empezó lo realmente curioso. Con timidez empecé a compartir imágenes de mis viajes, de comidas bien emplatadas o de algún aspecto de mi vida lo suficientemente cool y atractivo pictóricamente como para merecerse un buen filtro. Vincule todas mis redes sociales haciendo que mis creaciones fotográficas pudieran llegar al mundo entero con un solo click. Todo eso era fascinante y el espíritu de la creatividad y el postureo se instalaron dentro de mí. Y pasaron los días y los meses y poco a poco las ‘empresas de carne y hueso’ comenzaron a poblar la red (arrasándola). Me sentía embriagado entre tanta perfección y comencé a espiar su increíble vida por mi minúscula ventana cuadrada (fascinado como gato mirando la calle). Quise entrar en su mundo. Quise hacer de mi mundo su mundo. Y lo que vi a través de aquella ventana no dejo en mi sino vacío y envidia.

Restaurantes que no te puedes permitir, lugares donde probablemente nunca estarás, viajes increíbles al alcance de muy pocos, caprichos caros, actividades suculentas y en resumen el gran escaparate de las idílicas vidas de unos y del triste intento de alcanzarles de otros. Instagram se ha convertido en la mejor forma de promocionar los aspectos más positivos de tu propia vida, y mostrarlos al mundo con la intención de que no pasen desapercibidos (ni tu con ellos) con la excusa de crear ‘arte fotográfico’. Instagram es la herramienta perfecta para la autopromoción, la herramienta perfecta de las ‘empresas de carne y hueso’. Mi tortura ha llegado a su fin.

Todos somos humanos…

No me muerdo la lengua al escribir lo que pienso y también pienso que muchos de vosotros no estaréis de acuerdo con lo que escribo. todo tiene un momento y el proceso y un vaso solo se desborda al final. Puede que un día te pares a pensar y recuerdes que ya alguien puso nombre a esa sensación que te recorre: saturación mental.

No he podido aguantar más (y espero que me perdonéis por ello) pero me he visto empujado a cerrar mis perfiles personales en este par de redes sociales. Haciendo balance de pérdidas estas se pueden resumir en unos 60 followers, 128 inexitosos tweets, un puñado bastante amplio de inútiles likes en forma de corazón y una cantidad ingente de tiempo perdido, envidia y sensación de fracaso. Las redes sociales ya no me representan. Ha llegado el momento de talar, porque los arboles ya no me dejaban ver el bosque…

Os invito a experimentar de nuevo la antigua sensación de pensar algo sin compartirlo o fotografiar algo sin la intención de mostrárselo a nadie…

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