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JUNTANDO LETRAS

La épica batalla entre el fragil cerebro y el fuerte brazo


Desde hace algunas semanas hay algo que me tiene inquieto. Una sensación de vergüenza injustificada, como cuando encuentras una moneda en el suelo y te agachas a por ella (y luego clamas a dios, al cielo y al bosque por pagar los 89 céntimos del Whatsapp). Quizá también lo que siento sea en parte miedo. El miedo a perder el control y acabar echando mis principios y mi valorada ética por el retrete. El miedo a dejar de quererme para querer una versión ultra mejorada de mi mismo. Perdona si he conseguido que no entiendas una jodida mierda de lo que acabo de decir, pero todo esto viene a raíz de un momento que me dejo literalmente ‘con el culo torcido’.

Como he dicho esto sucedió hace unas semanas. Había terminado de sudar un poco en el gimnasio. Bueno realmente había sudado como un cerdo todo el amplio bagaje del fin de semana. Terminas y te sientes bien, lo has hecho bien, te has ganado una buena fabada de bote para comer. Entras en el vestuario para pegarte una ducha y volver a dejar de oler como Shrek. Disfrutas un par de minutos de ese momento (si haces deporte sabes de lo que te hablo) en el que estas cansado, te duelen hasta las pestañas, te replanteas si tanto esfuerzo merece la pena, piensas mucho en el sofá y en una buena cerveza, pero te sientes bien contigo mismo porque sabes que lo que acabas de hacer es lo que tenías que hacer. Hasta aquí todo normal, pero es al salir de la ducha cuando algo llama mi atención y la primavera de mis inseguridades llega de pronto. Un chico preparaba su batido de a saber qué y lo agitaba para que quedase bien mezclado a la vez que miraba su brazo para ver como su desarrollado bíceps se movía al ritmo que su poción mágica quedaba lista para ser ingerida.

Es probable que pienses que mi reacción es desproporcionada, pero te prometo que aquel momento me resultó tan ridículo que no lo he podido olvidar. Desde entonces voy al gimnasio con miedo, haciendo un ejercicio de autoanálisis para no convertirme en eso que tan poco me gusta. He llegado hasta prohibirme pisar la zona de las pesas, aquella en la que se juntan todos los ‘fuertes’ del barrio. Tengo miedo de hacer amistad con alguno de ellos y acabar yo también mirándome el brazo al agitar mi batido. Tengo miedo de querer recortar las mangas de mis camisetas hasta dejarlas como las de Hulk Hogan. Tengo miedo de querer hacer todos mis ejercicios delante de un espejo, como la princesita que espera su fatal aprobación. Tengo miedo, en el fondo, de dejar de disfrutar del deporte y del ejercicio. Miedo de sentir que el esfuerzo solo tiene una recompensa: la ‘visible’.

Es posible que sean problemas psicológicos que se arrastran desde tiempo o que la sociedad actual nos haga sentirnos inútiles más a menudo de lo que debería. Quizá sea que sobra mucho tiempo o quizá sean las ganas de destacar en algo y salir de ese anonimato social. Sea como sea cada vez son más las personas de mi entorno que dejan de entender el deporte como salud para elevarlo a un punto de optimización, obligaciones, prohibiciones o sufrimiento. Da gusto ver a gente simplemente corriendo por la calle, disfrutando de unos cuantos kilómetros en bici, jugando un partido de fútbol con amigos o subiendo a pasear por la montaña. Gente que todavía no ha sido seducida por el ‘lado oscuro’ del fitness. Gente que no lucha contra sí misma y se obsesiona por ganar la batalla hasta convertir la guerra en su forma de vida.

Prometo no dejar de entender la vida sin deporte. Prometo disfrutar de cada gota de sudor que se suicide desde mi nariz. Prometo no mirarme al espejo más de lo estrictamente necesario. Prometo que el único batido que saboreara mi boca será uno de chocolate blanco bien acompañado de unas tortitas con nata y chocolate. Prométeme tu no odiarme si en algún momento te has sentido identificado.

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LIVING

Verbena Bar. Lo castizo y lo trendy se fusionan en Malasaña.


La vida da muchas vueltas y más en estos tiempos de crisis en los que nada es como parece ser y a la vez todos queremos que las cosas vuelvan a ser cómo han sido siempre. De una necesidad, un concepto y unas ganas de hacer las cosas bien surge Verbena Bar, ‘Kitsch y Castizo’. Su lema es claro y su propuesta de espacio donde puedan convivir lo moderno y lo tradicional lo hace un lugar especial dentro del barrio de Malasaña.

La culpa de todo esto la tienen Laura y Ale. Comparten un pasado dedicado al mundo del diseño y eso se nota en cada rincón. Ambos pasaron por La Bicicleta (Malasaña) y fue allí donde decidieron ponerse detrás de una barra pero esta vez como propietarios. Una barra que pudiese mezclar lo más castizo de nuestra capital con el aire modernito que tanto se lleva (y que tanto nos gusta).

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‘Churros & Amy Winehouse. Croquetas & GinTonics. Los Rolling y una de callos. Leopardo y Bravas. Neón y la Piquer. La juerga y el chotis. Frida y vermut de grifo. El solysombra y el Rock&Roll. Chulería y Mahou’. Su manifiesto lo deja todo bastante claro. Verbena Bar es ese lugar donde puedes comer prácticamente a cualquier hora (y a muy buen precio), donde puedes echar unas cañas o tomarte la primera, donde tu café y tu portátil no echaran de menos la oficina o donde charlar mientras escuchas buena música. Desde desayunos y menús de mediodía a precios low cost a propuestas más atrevidas para esos domingos de resaca donde no sabes si desayunar, comer o darte otra vez al alcohol. Aquí simplemente podrás dejarte llevar y hacer lo que te apetezca sin tener que mirar el reloj ni preocuparte por el bolsillo.

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Pero todo lo anteriormente descrito quedaría cojo sin alguien con principios entre los fogones. Nico completa el pack con una cocina sencilla pero de un gusto altísimo. Aburridos de platos innombrables e incomibles aquí se apuesta por la cocina típica de Madrid. Bocadillo de calamares, pincho de tortilla o croquetas (por cierto de las mejores que he probado nunca) son algunas de las tapas que no te puedes perder. Entre semana puedes cargar fuerzas con su menú de mediodía con bebida y postre por solo 6,90€ y el fin de semana darte un homenaje en forma de completísimo brunch por solo 9,50€.

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Algo nuevo se cuece en Malasaña con el saber hacer de los mayores pero al ritmo de Kings of Leon. Un lugar donde una agradable decoración acoge un ambiente de gente joven y guapa. Un lugar que combina a la perfección lo kitsch y lo castizo.

Verbena Bar
Dirección: Velarde 24, Malasaña (Madrid)

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JUNTANDO LETRAS

El miedo a perderse algo


Hoy llego a mis orejas (siempre de punta por supuesto) una expresión que me parece de lo más acertado que he escuchado en mucho tiempo.  La actualidad es tendencia, es estilo, es información, es el aquí y ahora, y todo ello esta multiplicado por diez en cada una de las cien plataformas tanto físicas como digitales por las que puede llegar a ti. Todo este huracán nos arrastra hacia dentro, como el remolino de agua que se forma cuando quitamos el tapón de las grandes ciudades. De todo esto ha surgido un nuevo sentimiento social, un sentimiento de temor, algo que se llama FOMO (Fear of Missing Out).

‘El miedo a perderse algo’ es una jodida realidad. El miedo a que tu vida no sea tan atractiva como la de tu amigo, el miedo a no tener nada nuevo que contar en aquel grupo de Whatsapp que tanto odias, el miedo a que tu triste hamburguesa de McDonalds no merezca un buen filtro de Instagram, el miedo a no poder hacer una foto de tus pies en la playa porque tu sueldo mileurista solo te permite veranear en el pueblo, el miedo a no ser tan feliz como los demás (o al menos que en las redes sociales lo parezca).

La presión que ejercen estas satánicas, y a la vez amadas, redes sociales sobre nuestro frágil cerebro es brutal y el miedo a perderte algo es una realidad que alguna vez todo el mundo ha sufrido. Ya no basta con hacer algo, ahora es imprescindible ‘que se sepa’. Pero el peligro no está en lo que tú compartes alegremente para sentirte mejor. El peligro aparece en eso que tu compartes alegremente y produce un sentimiento de tristeza en los demás, un quiero y no puedo, un estrés y una sensación de ansiedad por parecer que te estás quedando fuera.

Y estas fuera si no tienes un iPhone, estas fuera si no tuneas tus gintonics, si no te conoces todos los bares de Malasaña, sino vas todos los domingos de brunch, si no acabaste (o empezaste) Breaking Bad, si no vistes la última tendencia, si no eres vegetariano, si no te invitan una vez al mes a inaugurar una exposición, si no te haces un selfie una vez por semana, si no eres fan de este blog…

Fuera de bromas, dejémonos de tanta tontería. Las redes sociales y el moderneo-postureo son algo maravilloso, pero con ellas nosotros mismos nos estamos haciendo mucho daño. Volvamos a bajarnos el listón y bajárselo a la sociedad. Disfrutemos con el móvil en el bolsillo, del calor de una agradable conversación que entra por tus orejas y no por tus ojos. Que vuelvan a estar de moda los bares de barrio, con su barra de chapa y su aperitivo cutre. Volvamos a beber un ‘cubata básico’, y a beber mucho y a tirárnoslo por la pechera si es necesario mientras todos nuestros amigos ríen de verdad. Volvamos al contacto físico, a esa mano en el hombro, a ese apretón de manos. Necesitamos disfrutar de las cosas que realmente nos hacen disfrutar.

Todo esto es paradójico porque lo escribo yo, el primero de la lista de modernos de mierda, alguien que tres veces a la semana también sufre el miedo a perderse algo. Por esto debes confiar en mí y creer esto que te digo. Tenemos que aceptar que nuestra capacidad de ocio es finita (al igual que nuestro cerebro) y que si no frenamos el ritmo social llegara un día en que explotemos.

Yo empezare hoy a disfrutar de las cosas, comeré algo que no merezca la pena ser fotografiado, mi outfit hará sangrar los ojos al mismísimo Sartorialist, iré al gimnasio del barrio y sudare la camiseta como lo hacía Hugo Sánchez y prometo que lo único que compartiré a través de la red será este humilde post.

Quizá el miedo a perdernos algo sea lo que realmente está haciendo que nos lo perdamos…

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