LIVING

Cuando los árboles ya no te dejan ver el bosque.


bosque redes sociales orejas de punta

He llegado a un punto de saturación. Saturación por la mezcla de cosas. Saturación similar a los decorados de Telecinco donde más siempre es mucho más y a la vez muchísimo menos. Saturación por exceso y por sistema. Saturación como cuando de chico disfrutaba mezclando todo lo que quedaba en la mesa después de comer con el único e infantil propósito de conseguir una sustancia realmente increíble (aunque mi madre nunca aprobaba mis atrevidos experimentos). La mezcla de cosas en ese vaso me recuerda bastante a la vida. Una mezcla de intereses, objetos, máquinas, trapos y actividades para hacer de uno mismo algo parecido a aquella ‘sustancia realmente increíble’, tan increíble o mas que las otras ‘sustancias’ que nos rodean (inalcanzables en apariencia). Pero como decía, la mezcla se ha saturado y por si misma ya no vale nada.

Y puede que el problema hayan sido los diferentes compuestos o mi torpeza al combinarlos, pero por el momento hoy solo quiero poner el foco en el instrumental. He tenido una relación breve pero intensa con dos herramientas en concreto y creo que ha llegado el momento de desecharlas, de sacarlas de mi vida como zapatillas viejas que ya no ayudan a avanzar.

Instrumento 1: Twitter, el salvador capturado por las tropas enemigas.

Llegue a Twitter sin darme cuenta, supongo que como todos, quizá más rebotado por el aburrimiento de Facebook que otra cosa y con la esperanza de encontrar algo realmente diferente. Por aquella época comenzaba a aparecer una serie de #simbología y #expresiones que prometían mucho pero realmente acabaron por ofrecer @nada. Y es que en un principio el planteamiento de Twitter parecía bastante sano: ‘una red social nueva en la que la relación de “amistad” no tenía que ser bilateral y un límite de 140 caracteres para ofrecerte al mundo’. Habiendo triunfado ya en otros países yo no quise dejar pasar este tren.

Al principio todo es nuevo y fascinante. En tan solo unos minutos estas siguiendo a gente a la que admiras (en el fondo igual no les admiras tanto pero bueno por alguien habia que empezar). La red te siguiere también gente menos interesante que quizá conozcas de otras redes sociales. Lógicamente aceptas la proposición y les dedicas un follow. Incluso llega el día que le echas valor y atreves con tu primer inocente tweet. Días más tarde descubres que este no ha tenido repercusión (y no digo poca, digo ninguna!). No sabes si alguien en el otro lado del mundo lo habrá leído pero lo que es claro es que no ha marcado una época. Al poco descubres que ya tienes gente que te sigue (tu pequeño club de fans) que casualmente son los que seguiste tu en tu primer día. No es fantástico? Tus primeros followers!

Y pasa y pasa el tiempo y todo sigue igual. Sigues buscando ese tweet que te convierta en una estrella mediática, incluso ahora mencionas y pones hashtags como si no hubiese un mañana, convirtiéndote en un ‘tuitero de pro’, pero ni con esas.  Presumes y disfrutas de tus decenas de seguidores, la mayoría perfiles que solo hacen autopromoción (publicidad pura y dura) y que ni siquiera se interesan por ti. Aguantas y sigues sintiendo que hay mucha información que por alguna extraña razón no te llega, que la red puede ofrecerte mas, algo diferente. Tu tablón se mueve a un ritmo frenético y el 95% de lo que lees son cosas que no te interesan, casi siempre ‘rewiteadas’ por esos famosos a los que admirabas (ojo a la cantidad de tecnicismos que estoy usando).  Demasiada paja y poco grano. Descubres gente que tiene éxito de ese singular universo y quieres ser como ellos  Y un día te cargas de inspiración y empiezas a ‘twittear’ cosas ridículas solo con la excusa de meter una # o una @ y sentirte importante. Te crees todo un trendsetter. Empiezas a escribir mas y a dejar de leer al resto. El éxito no llega y piensas que el problema está en la gente a la que sigues y buscas gente nuevo, pero nada cambia. Lo has intentando todo y por fin tiras la toalla.

Comencé en Twitter con ilusión de un niño y acabe buscando mi momento de gloria como haría un buen ‘tronista’. Tres años después la fama y los followers nunca llegaron y la ilusión por compartir hace tiempo que la perdí. La red del pajaritose ha convertido en un hervidero de publicidad camuflada en ‘RTs’ y ‘famoseo’ vario. Las personas que habitábamos ese mundo nos convertimos en victimas del propio sistema. Twitter se está hundiendo en en el barro. La red que comenzó siendo para las personas ha acabado convirtiéndose en el refugio perfecto de las empresas.

Instrumento 2: Instagram, el escaparate de las increíbles vidas ajenas.

Tengo que reconocer que al principio para mi Instagram solo sirvió para retocar un par de fotos. La verdad que sin conocimientos de fotografía y con un móvil se podían conseguir resultados muy aparentes, realmente bonitos. Al poco descubrí que detrás de esa utilidad fotográfica se escondía una red social y también un mundo cruel.

Todo pintaba bien desde el punto de vista artístico. Para los que nos sentimos atraídos por la imagen, y más concreto por la fotografía, Instagram era como acudir a una exposición pero en la palma de tu mano. En este portrait no me encontraba solo y al poco también fui tentado a relacionarme con gente de mi circulo social (siempre los mismos) y aquí es cuando empezó lo realmente curioso. Con timidez empecé a compartir imágenes de mis viajes, de comidas bien emplatadas o de algún aspecto de mi vida lo suficientemente cool y atractivo pictóricamente como para merecerse un buen filtro. Vincule todas mis redes sociales haciendo que mis creaciones fotográficas pudieran llegar al mundo entero con un solo click. Todo eso era fascinante y el espíritu de la creatividad y el postureo se instalaron dentro de mí. Y pasaron los días y los meses y poco a poco las ‘empresas de carne y hueso’ comenzaron a poblar la red (arrasándola). Me sentía embriagado entre tanta perfección y comencé a espiar su increíble vida por mi minúscula ventana cuadrada (fascinado como gato mirando la calle). Quise entrar en su mundo. Quise hacer de mi mundo su mundo. Y lo que vi a través de aquella ventana no dejo en mi sino vacío y envidia.

Restaurantes que no te puedes permitir, lugares donde probablemente nunca estarás, viajes increíbles al alcance de muy pocos, caprichos caros, actividades suculentas y en resumen el gran escaparate de las idílicas vidas de unos y del triste intento de alcanzarles de otros. Instagram se ha convertido en la mejor forma de promocionar los aspectos más positivos de tu propia vida, y mostrarlos al mundo con la intención de que no pasen desapercibidos (ni tu con ellos) con la excusa de crear ‘arte fotográfico’. Instagram es la herramienta perfecta para la autopromoción, la herramienta perfecta de las ‘empresas de carne y hueso’. Mi tortura ha llegado a su fin.

Todos somos humanos…

No me muerdo la lengua al escribir lo que pienso y también pienso que muchos de vosotros no estaréis de acuerdo con lo que escribo. todo tiene un momento y el proceso y un vaso solo se desborda al final. Puede que un día te pares a pensar y recuerdes que ya alguien puso nombre a esa sensación que te recorre: saturación mental.

No he podido aguantar más (y espero que me perdonéis por ello) pero me he visto empujado a cerrar mis perfiles personales en este par de redes sociales. Haciendo balance de pérdidas estas se pueden resumir en unos 60 followers, 128 inexitosos tweets, un puñado bastante amplio de inútiles likes en forma de corazón y una cantidad ingente de tiempo perdido, envidia y sensación de fracaso. Las redes sociales ya no me representan. Ha llegado el momento de talar, porque los arboles ya no me dejaban ver el bosque…

Os invito a experimentar de nuevo la antigua sensación de pensar algo sin compartirlo o fotografiar algo sin la intención de mostrárselo a nadie…

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