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Clase Magistral en Cádiz


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Desde bien pequeños crecemos con la presión parental de aprender y con la creencia de que la única vía posible para tal fin es el estudio. El estudio infinito de materias trasnochadas que ya no tienen aplicación practica en nuestro tiempo y mucho menos relevancia en nuestra vida. Desde pequeños la sociedad nos enseña a estudiar pero no nos enseña a aprender. Y pasan los años y un bochornoso día de agosto te das cuenta a tus 30 primaveras que en la última semana has aprendido más sobre la vida que en cuatrimestres enteros en la facultad. Te das cuenta de que la vida todavía puede seguir enseñándote cosas pero que para aprenderlas tienes que vivirlas.

Por fin llego el tan esperado verano en que el destino y mi coche me plantaron en Cádiz. Llega el momento en que cruzas la frontera provincial y ves al lateral de la carretera ese letrero donde debería de leerse: ”Bienvenido a Cádiz, relájese, aprenda y disfrute”. Y no es el efecto hype el que me hace sentarme a escribir esto sino más bien el bofetón de realidad que sientes al volver a la rutina de gran ciudad y trabajo en oficina que supone para mi Madrid. Porque hace unos pocos días que recibí una de las más importantes lecciones de mi vida. Una masterclass de realidad en tierras gaditanas, con la arena y el mar como improvisado pupitre.

Porque Cádiz te enseña a querer los colores mas allá del flúor  y el omnipresente negro que tan bien ‘va con todo’. Cádiz te enseña que un pueblo blanco es reflectante cuando descansa en el lateral de una montaña. Que la arena puede tomar marrones que van desde el más seco y claro al más oscuro cuando es el agua la que la pinta. Que el mar es verde a la mañana, azul al mediodía, negro al anochecer y cristalino cuando estas dentro. Que el cielo azul puede volverse rojo cuando el sol dice adiós para dar paso a la monocromática noche. Que en una misma fotografía puedes mezclarlos  todos con soberbia naturalidad y armonía.

Cádiz te enseña a desear el bullicio de un chiringuito de Caños antes de cenar, bullicio que explota con una imponente puesta de sol. Te enseña que las 10 no es la hora de cenar sino de bailar, y las 12 no es la hora de bailar sino de sentarte a conversar. Que una tortilla también puede hacerse con muchos pequeños grandes del flamenco. Que una cerveza nunca sabe tan buena como en buena compañía, aunque esa compañía sean simplemente las olas y el mar. Que Mercadona triunfa de punta a punta y acabara absorbiendo a Google. Que unas palmas y algo que golpear pueden ser la mejor de las orquestas.

En Cádiz puedes descubrir el significado de la palabra frontera. Frontera que separa un agradable día con poniente de un devastador infierno con viento de levante. Frontera imaginaria que divide el Atlántico del Mediterráneo allí donde el viejo continente llega a su fin en la punta de Tarifa. Frontera divisoria entre una pobre África y una acomodada Europa. Apenas unos kilómetros de sufrimiento y continua tentación visible. Fatídico escaparate lleno de esperanzas para las que los pobres ‘billetes patera’ no siempre alcanzan a comprar.

En Cádiz aprendes que no es mejor camino el mejor asfaltado sino el que mejor destino tiene. Aprendes a aceptar la arena y el polvo como sufribles compañeros de viaje, asumible precio a pagar por descubrir lugares fantásticos. Aprendes que una playa no tiene por qué tener paseo marítimo cuando el mejor paseo que puedes dar es por la orilla de la playa. Aprendes que solo merece la pena correr cuando quema la arena. Aprendes a vivir despacio pero a pensar deprisa. El relax te invade de tal forma que llegas a no concebir la vida frenética que llevabas apenas unos días antes y que volverás a llevar solo unos pocos días después.

Y Cádiz te enseña también que se puede dormir en una playa. Que no hacen falta muchas posesiones materiales para vivir y que se puede vivir de casi cualquier cosa. Que cualquier forma de ganarse la vida es respetable y susceptible de generar la más grande de las envidias. Que las rastas pueden si quieren desbancar a la gomina. Que las camisetas rotas son más bonitas cuando ese roto tiene una historia de muchos años detrás. Que una furgoneta puede ser la más grande de las casas. Te enseña que un pequeño porche de madera con un tejado de cañizo puede llenar más que la terraza más de moda de la capital. Que gastar por gastar no tiene ningún sentido si en lo que se gasta no tiene apenas valor.

En Cádiz he aprendido a vivir despacio. A apagar la televisión y encender la radio. A no querer saber nada de los políticos, banqueros, estafadores y chorizos que pueblan España. He aprendido que el dinero no es pasaporte a la felicidad y tengo muchos ejemplos en la cabeza que lo confirman. He descubierto que con poco se puede ser muy feliz. Que el coche se puede llevar lleno de mierda a cualquier parte. Que las chancletas son las nuevas New Balance. Que en un mercadillo hippie hay más colores que en una carta de Pantone. Que el ‘postureo’ tiene los días contados. Que para hacer bien el amor hay que ir al sur. Que todos necesitamos un poco de sur para no perder el norte. Que no hay nada comparable a compartir en la mejor compañía.

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