cine gran via madrid orejas de punta
JUNTANDO LETRAS, LIVING

El cine no puede resistir más


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El otro dia estaba yo dándole vueltas a un artículo sobre los cambios que está experimentando el panorama cultural en nuestro país y este hacia especial hincapié en los pocos cines abiertos que quedan en la Gran Vía de Madrid (de 15 se ha pasado a 2 en la actualidad). Lo planteaba de una forma nostálgica, como si la transformación de los espacios en increíbles flagships del mundo de la moda supusiera un empobrecimiento de nuestra sociedad y de nuestra ética en lo que a cultura se refiere. Yo no puedo dejar de verlo como una evolución lógica (y me preocupa mucho pensar así).

Es cierto que se hace difícil aceptar ciertos cambios y que la nostalgia no debe ser una opción. Todos hemos tenido esa bicicleta vieja que tanto queríamos y con la que tantas horas hemos disfrutado. Esa bicicleta que nos ha visto crecer y ha sido clave en nuestro desarrollo como persona. Pero los 16 son una edad muy mala y cuando veías al vecino llegar con su scooter todo cambiaba. Quizá fue en ese momento en el que tu bici, tu compañera de aventuras, la que has cuidado y arreglado en muchas ocasiones, paso a ser un trasto anticuado e inútil destinado a coger telarañas y polvo en el garaje (esto me recuerda que no debí haber tirado mi BH California, ahora seria vintage y valdría una pasta…).

Pues con los cines creo que sucede algo similar. Es necesario aclarar que no me refiero a la industria del cine en general sino a los cines en particular (el espacio físico). La industria cinematográfica creo que goza de buena salud (al menos si yo fuese medico ese sería mi diagnostico). Por encima de incendiarias subidas de impuestos y recortes en las ayudas el cine es un paciente sano. Se hacen buenas películas (también mierdas como el sombrero de un picador) tanto dentro como fuera de España, hay muy buenos actores, cada vez nos llega más cine independiente o de bajo presupuesto y cada vez se apuesta más por disfrutarlo en V.O. También es cierto que el virus de la piratería y la crisis galopante que vivimos están haciendo daño a la forma clásica en que consumimos cine pero a la vez están fomentando otras formas de consumo muy interesantes.

El plan clásico de domingo de ‘cine+cena’ ha perdido tirón, y no podía ser de otra manera. Los cines ofrecen buenos descuentos pero todos ellos son entre semana, dejando el precio de la entrada cerca de los 10€ el resto de días. Puedes optar por el plan eco llevándote unas patatas del super y una lata de casa para ahorrarte  la Coca-Cola de grifo y palomitas frías a precio de oro. Si con ese aperitivo en tamaño industrial no te has quedado con el estomago en su sitio la cena es una necesidad, y entre unas cosas y otras un domingo ‘cine+cena’ te saldrá más caro que volar a Milán con Ryanair. Si a esto le sumas que la mayoría de los cines son espacios desangelados e impersonales (y hace frío, mucho frío) instalados en centros comerciales abarrotados de gente, y en los que entras por la puerta principal y sales por la de emergencia directamente a la calle en pleno enero, no es de extrañar que la gente deje de ir.

Pero hay que destacar que la gente no deja de consumir cine, solo que lo consume de otra forma. Las pantallas de televisión cada vez son más grandes y su precio más pequeño. Existen plataformas que permiten ver cine en streaming o comprarlo digitalmente a precios muy interesantes. Los dispositivos móviles tipo tablet o móvil (especialmente estos que ni entran en el bolsillo) plantean nuevas posibilidades a la hora de donde consumir el cine. La necesidad de cine sigue siendo grande y quizá lo único que esté cambiando son los hábitos de consumo del espectador.

De esta forma me planteo si de verdad hay que salvar los cines o dejar que la evolución lógica de las cosas decida sobre su futuro (como ha pasado con la música, prensa, etc.). También los cines deben hacer un esfuerzo por adaptarse a los nuevos tiempos y a la nueva situación económica del país (como lo hizo La Sureña revolucionando el mundo del botellín). Esta sobradamente demostrado que si los precios son populares la gente acude al cine como loca (esto es muy español). Hay que seguir apostando por la cultura pero no necesariamente en formatos del siglo pasado y a precios de la próxima década.

Lamentémonos lo justo por la pérdida de esos cines añejos de la Gran Vía, de su acomodador, de su patio y  sus butacas tapizadas en rojo, de sus escaleras de mármol, de su olor a madera y humedad. Lamentémonos solo un rato por encontrar ahora en ese espacio un Zara más parecido a un palacio que a una tienda. Quizá en un futuro no muy lejano será por esa nueva flagship por la que nos tendremos que lamentar. Es imposible frenar la evolución natural de las cosas.

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