JUNTANDO LETRAS

Pon en tu vida un millennial


Es difícil encasillar a un millennial. La teoría dice que pueden darse por aludidos todos los nacidos entre 1980 y el ya lejano cambio de siglo. Toda una una generación marcada por años de profundos cambios e incertidumbre, donde la digitalización y la democratización de internet han sido piezas clave. Un gran grupo de jóvenes (al menos a día de hoy todavía lo somos) que piensan, se mueven y actúan diferente. Un gran colectivo que está llamado a cambiar el mundo, con o sin el permiso de aquellos que no quieren que esto suceda.

Para saber cómo somos los millennials hay que entender que es todo aquello que nos ha hecho diferentes. La mayoría hemos crecido en una situación cómoda a nivel político y económico pero, tan pronto pudimos acostumbrarnos a eso, nos lo arrebataron todo de golpe. Aquellos sueños por los que nos empujaron a luchar ya no servía para nada. Un título universitario, un trabajo estable, una casa en propiedad…valores de la época de la transición que marcaron nuestros primeros años pero que ahora casi despreciamos. Conceptos a largo plazo que, como decía Keynes, “a largo plazo todos muertos”.

En pocos años hemos visto como la formación universitaria ha pasado a no valer de mucho, como el acceso a la vivienda se ha puesto por las nubes y las ciudades expulsan a aquellos vecinos con rentas más moderadas o como las empresas siguen tratando a las personas como “números” dentro de una cuenta de gastos. Quizá de ahí surge ese desprecio por lo material y esa búsqueda incansable de encontrar un espacio donde la ética y la igualdad sean la gasolina que mueve el motor. El dinero vale tanto como tu quieras que valga. El dinero sin realización personal no vale de nada.

Los millennials llegamos para cambiar el mundo una vez más. En mi caso, yo nací cuando internet ni existía y ahora no podría entender mi vida sin esta hiperconectividad. Nosotros hemos crecido en una continua evolución y entendemos la evolución y el cambio como parte del crecimiento. En los últimos años ha cambiado la forma de comunicarnos, de comprar, de viajar, de trabajar, de hacer política o de consumir ocio. Todo cambia y nosotros estamos totalmente preparados a seguir cambiando. Nunca en la historia se había producido un avance tecnológico tan grande como el que hemos vivido en las últimas décadas. Y estos cambios no son casuales, sino que están empujados por una generación que pide paso a gritos.

En alguna ocasión nos han llamado “la generación perdida”, y cierto es que nuestro panorama futuro no es muy alentador. En el momento en que la vida nos pedía ser adultos nos encontramos con una crisis económica y laboral sin precedentes, con una tasa de paro altísima, salarios muy bajos, los precios de la vivienda por las nubes y pocas posibilidades en general. Generación perdida… Perdido está el que no acepte a esta generación y aprenda de ella en su día a día, porque una generación que ha superado tantos obstáculos no va a encontrar freno ante unos pocos dinosaurios atrincherados en sus despachos. Ellos tienen el mundo en el bolsillo, pero tarde o temprano nosotros tendremos las riendas.

Jóvenes y muy preparados, 100% interconectados, tolerantes, con fuertes valores éticos, feministas, emprendedores y carentes de miedo. Los millennials forman la primera generación que dio la vuelta a la tortilla y comenzó a enseñar a sus padres en vez de aprender de ellos. Tarde o temprano acabaremos por cambiar la filosofía de la mayoría de empresas, acabaremos liderándolas o sino crearemos otras nuevas. De una forma o de otra, encontraremos el modo de ganar un sueldo que nos permita acceder por costumbre a productos ecológicos. Encontraremos la forma de poder vivir bajo un techo y formar una familia sin descuidar nuestras carreras profesionales. Trasladaremos las oficinas a nuestras casas y nuestras casas a las oficinas. Volveremos a cambiarlo todo hasta que todo encaje.

Sirvan estas líneas para insuflar aire y esperanza a todos aquellos que en su día a día ven cómo por mucho que salten no llegan a tocar el cielo. Volveremos a cambiar el mundo otra vez, qué es lo que mejor se nos da.

Disco escuchado mientras escribía este post: THE BRIGHT – ‘’Líneas Divisorias’’

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JUNTANDO LETRAS, LIVING

El éxito son los padres


En las últimas semanas, ese tren que dicen únicamente pasa una vez se ha acercado a mi puerta. La idea socialmente aceptada del  éxito estaba cada vez más cerca. Casi podía tocarla con los dedos. El capitalismo en estado puro amenazaba con arrasar mi modesta situación económica. Estaba a punto de subir de nivel, a punto de conseguir lo que siempre había soñado. Fue justo antes de que ese tren decidiese no hacer parada en mi estación cuando entendí que eso realmente era lo que deseaba.

Los días posteriores me sentí mal. Recuerdo una noche en la que la idea de ‘fracasado’ no dejaba de rondar por mi cabeza e incluso buscó un rincón tranquilo para instalarse. Sentía que realmente no merecía el éxito, que no estaba lo suficientemente preparado y que tendría que conformarme siempre con ser un jugador de segundas partes. El eterno suplente de lujo. Todo ello me hizo reflexionar.

Desde que somos muy pequeños hemos sido subliminalmente adoctrinados a perseguir siempre un objetivo de superación y alcanzar el éxito. No importa en el lugar social en el que nazcas. El capitalismo te da todas las oportunidades para que rompas barreras y te conviertas en el nuevo Jeff Bezos. Estudia, trabaja duro, asciende, asciende una y mil veces más hasta que puedas mirar a la gran mayoría por encima del hombro. Duerme poco, descuida familia e hijos, acumula coches caros en tu garaje, planifica vacaciones al otro lado del mundo y reza para que tu pareja no busque otro hombro en el apoyar la cabeza. Eso es el éxito, o al menos yo eso creía.

Me pregunto ahora si el verdadero éxito podría ser tener la capacidad y seguridad como para rechazar el modelo de vida capitalista. Probablemente el éxito signifique valorar tu salud, tu familia y tu tiempo por encima del dinero que puedas llegar a ganar sacrificando gran parte de estos. Dinero que siempre conlleva más sacrificios de los que parece a primera vista.

Tengo la sensación de que hay una nueva corriente que abraza esta nueva forma de entender la vida. Las nuevas generaciones dedican tiempo y recursos a desarrollarse como personas sin la única finalidad de acabar convirtiendo todo ese trabajo y dedicación en dinero. Gente que se encuentra muy por encima de la idea de inversión con el único fin de la recompensa. En las caras de estas personas se ve mucha más felicidad que en la de aquellos que pasan en la oficina más tiempo que fuera. Millenials los llaman. De vagos también injustamente nos tachan.

Creo que no debemos sentirnos como perdedores todos aquellos que parece que no hemos llegado a nada en la vida, porque no es así. Formar una familia, aprender cosas nuevas, hacer deporte o tener el reconocimiento de tus amigos, por ejemplo, son cosas de las que estar muy orgulloso. Tener la opción de perder el tiempo es el verdadero privilegio en pleno siglo XXI. Puedes considerarte un winner no por todo aquello que tienes, sino por todo lo que realmente no necesitas para ser feliz.

Miro ahora marcharse ese ansiado tren desde la estación. No estoy solo. Conmigo están mi pareja, mi familia y amigos. Cuando el tren se pierda en el horizonte nos iremos todos a tomar una cerveza o lo que buenamente surja. Iremos andando, dando un paseo mientras hablamos, compartimos historias y planeamos la próxima aventura. No sé a qué hora llegaré a casa pero tampoco me preocupa. Dormiré tranquilo y dejaré que sea el sol el que me despierte cuando quiera hacerlo. Después de una ducha, saldré a desayunar y me tomaré tranquilamente un café como el que tengo ahora en la mesa mientras escribo estas líneas. Creo que esta es mi nueva idea del éxito.

Intentará darle forma a mis días en base a esta nueva forma de entender la vida.

 

Disco escuchado mientras escribía este post: NIÑOS MUTANTES – ‘’Diez’’

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ricos y pobres
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La riqueza de las acciones


A menudo leo y escucho frases que aseguran que tras un proceso de crisis o recesión económica los ricos se vuelven todavía más ricos y los pobres, al contrario, todavía más pobres. Nos sabría explicar muy bien el motivo pero, al parecer, las grandes fortunas son menos sensibles a los malos momentos. Por poner un ejemplo gráfico, si la crisis fuese una gran tormenta en alta mar, todas las altas esferas verían hundirse nuestras pequeñas barcas desde su gran transatlántico. Pero lo peor es que cuando la tormenta pasa, las barcas no salen a flote mientras que todas las rentas transatlánticas se ven todavía más reforzadas.

Pero independientemente del tamaño de nuestro patrimonio, hay una serie de comportamientos que a los pobres nos aleja de nuestros amigos los ricos. En resumen, los pobres no aceptamos nuestra situación de pobres y muchas de nuestras acciones van enfocadas a dejar de serlo. Estas acciones, al contrario de significar un ahorro, suponen un gasto extra por una simple cuestión de pertenencia o aparentar lo que no se es. Los pobres, en definitiva, queremos parecer ricos y gastamos como ellos, pero esto nos empobrece más cada día.

Por el contrario, la gente con alto nivel económico no necesita cambiar su posición en la escala alimenticia ya que se encuentran muy arriba. Son leones, y los leones no quieren ser otra cosa que leones. No tendría ningún sentido. Esto les hace mirar la vida con otros ojos…y gastar con relativa tranquilidad.

Los ricos hacen muchas cosas bien. Por ejemplo, sus compras son mucho más meditadas y no responden a un comportamiento emocional o por impulso. La gran diferencia es que lo que para nosotros es un capricho, para ellos es una compra más. Además, lo que para nosotros es un gran desembolso para ellos es un gasto muy pequeño. Y esta es otra de las claves…

Los ricos controlan a la perfección su presupuesto. Con un sueldo mileurista, una persona tendría que dedicar la mitad de su sueldo a pagar una vivienda y, con suerte, esa vivienda tendrá más de 50m2 (aunque esto no es seguro). Los ricos, sin embargo, mantienen la regla de no dedicar más de un 25% a vivienda, un 5% al coche o un 10% al ocio. Y aquí viene la gran bofetada de realidad: con estos porcentajes a ellos les da para vivir en un precioso y espacioso ático, tener el último modelo de BMW en su garaje y planificar unas vacaciones en familia al norte de Italia. Y esto, en lineas generales, es la cruda realidad.

También se dice que el dinero llama al dinero, y en general es cierto. Cuando lo único que acumulamos son deudas entre hipoteca y créditos, el poco dinero que conseguimos ahorrar lo destinamos a amortizar alguno de estos o bien lo guardamos debajo del colchón por si las cosas se ponen feas en algún momento. Las clases pudientes, por el contrario, no tienen deudas, ni créditos ni hipotecas ni miedo. Están al día. Su vida está muy controlada y sus ahorros están bien colocados donde más beneficio producen. Su dinero genera dinero, nuestra pobreza genera intereses a pagar (más pobreza).

Podríamos decir entonces que un rico es rico porque ahorra, porque puede ahorrar y por que sabe ahorrar. Los pobres, seguiremos siendo unos loosers mientras no aprendamos a aceptar nuestra posición y dejemos de gastar pensando en parecer lo que probablemente nunca lleguemos a ser.

Probablemente nuestra única salida pase por la aceptación y por poner en valor todo lo bueno que tenemos. Aunque en este texto me he referido a todas las clases medias y bajas como ‘los pobres’, en el fondo no lo somos tanto. Nuestra generación mantiene un nivel de vida como ninguna antes lo ha conocido. Somos mucho más ricos de lo que pensamos, pero de eso hablaremos otro día…

Disco escuchado mientras escribía este post: FRANZ FERDINAND – “Always Ascending’’

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Ratones de campo y ratas de ciudad


El pasado mes pude darme un capricho en forma de escapada de fin de semana. El destino elegido fue Burgos, concretamente una zona cercana a La Rioja y al Valle de Ezcaray. Todo un placer para los sentidos y más en estos días de otoño donde los árboles se pintan de colores que avergonzarían al mismísimo Pantone. Colores que van desde el amarillo hasta el verde pasando por el rojo y el granate. Todo ello acompañado de montañas y ríos y, por supuesto, bañado con una luz que desde primera hora se encargaba de proyectar las sombras y llenar de luz las copas de algunos pocos árboles afortunados. Recomendable al 100%.

Las ratas de ciudad (todos aquellos ‘afortunados’ que vivimos en una ciudad grande y de la cual somos totalmente adictos) necesitamos regularmente escapar de ella con la esperanza de encontrar naturaleza, paz y tranquilidad. En Madrid esta costumbre es más necesaria de lo normal. Personalmente, tengo la sensación de que en el tiempo que paso fuera de la gran ciudad recupero días de vida. Normalmente son los mismos días que pierdo en el atasco que encuentro al volver, pero yo me quedo a gusto.

Pues bien, en aquella tarde de domingo de vuelta a casa, mientras dejaba atrás con el coche los pequeños pueblos que salpican el mapa burgalés, me dio por pensar en sus habitantes. No simplemente en como son, sino en sus hábitos de vida y en lo que pensaran de todas las tonterías que les van llegando desde la ‘gran ciudad’. Tonterías que para mí son el pan de cada día (e incluso me dan de comer) pero ellos, ¿qué pensaran de las redes sociales? ¿qué uso les darán? ¿cómo consumirán música, cine o teatro? ¿lo consumirán? ¿que supone la moda para ellos? En definitiva: ¿cómo de alejados estamos los habitantes de la ciudad con los de un pueblo de un par de decenas de habitantes?

Cuando pasaba airadamente con el coche por sus tranquilas calles principales, quedaban atrás las típicas señoras sentadas en la puerta de sus casas (deporte regional en cualquier pueblo que se precie), aquel hombre barbudo que pasea con su perro antes de que caiga el sol (no confundir con un hipster), el típico postadolescente que gasta todo lo que gana en tunear (con escaso gusto) su Seat León o aquel triste hombre que vuelve de trabajar su huerta, siempre bien ataviado con su tractor, sus pantalones azules y su camisa antes-blanca bien metida por dentro. Pienso en el momento en que esas personas enciendan la televisión o la radio y se encuentren con un mundo que les parecerá una entupida broma. Un mundo de Youtube, Twitter, foodtrucks, famosos o hipsters. El mundo del aguacate, de la quinoa, de los perros hasta en la sopa, de los coches eléctricos, de las camisetas largas y los pantalones cortos. Un mundo totalmente superficial, lleno de atractivos y campañas de marketing de productos que difícilmente consumirán. Moda, cosmética, tecnología, coches…

Con esto no digo que cualquiera de estas personas no este preparada intelectual o económicamente para consumir o utilizar alguna de estas cosas. Voy más allá. Creo que ninguna de estas personas las necesita. Probablemente lleven una vida mucho más austera, se levanten cuando el sol quiera, compren lo que este a disposición en la pequeña tienda del pueblo, usen la vieja bicicleta del garaje, sintonicen TVE y lean el Marca. Pero tampoco veo en el día a día de esta buena gente pastillas para dormir, citas con el fisioterapeuta o la palabra estrés. Seguro conocen el significado de la palabra ‘estrés’ pero creo que rara vez lo han sentido.

En el fondo los envidio, aunque sinceramente no creo que aguantase su ritmo de vida más de 2 días seguidos (lo que dura una deliciosa escapada de fin de semana). Pero no puedo evitar sentir lastima en aquel domingo, cuando el sol se cae y el escaso repunte de vida que esos pequeños pueblos tienen el fin de semana se desvanece. Se quedan fríos, oscuros y tranquilos. No es una tranquilidad como cuando dices ‘hoy la Gran Vía está tranquila’, es más como la escena de la película ‘Abre los ojos’ donde podemos ver esta calle completamente vacía de gente y coches. Definitivamente les envidio a la vez que les compadezco.

Las ratas de cuidad siempre volvemos a casa. Atrás queda el bar de la plaza, la partida de tute después de comer, el aparcamiento ‘a la americana’ en cualquier calle, el aire que limpia pulmones y llena hasta el alma, el cielo azul Photoshop, el tractor a 15 km/h, las sillas en la puerta de casa, el perro suelto que pasea por el pueblo sin dueño ni cadena, el gato tumbado al sol, los tomates que saben a tomate, las chimeneas…

Es otra vida. Ellos no nos necesitan. No necesitan nuestras tonterías. Nosotros si.

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jet lag social metro gente
JUNTANDO LETRAS

¿Existen pastillas para curar el Jet Lag Social?


Vamos a ponernos en situación. Entiendo que sabes lo que es el jet lag y presupongo que después de alguno de tus viajes en avión lo habrás sufrido en tus propias carnes. Esa sensación de ir al revés que todo, de morir de sueño al mediodía o ‘comer techo’ a altas horas de la madrugada. Algo como si tu cuerpo hubiese viajado atrás o adelante en el tiempo, que en definitiva, es lo que ha ocurrido.

Pues bien, ya no hace falta subirse a un avión para experimentar esta sensación. El mundo de la ciencia (que haríamos sin él) ha identificado un nuevo síndrome y lo ha bautizado con el nombre de Jet Lag Social. ¿No es maravilloso? La primera vez que tope con esta expresión me pareció tan interesante que por un momento desee sufrirla en mis propias carnes. Ingenuo de mi. Indagando un poco más en el asunto, pude descubrir cuáles eran sus causas y sus consecuencias y entendí que ya la estaba sufriendo.

Y probablemente tú también! Y es que el Jet Lag Social es ya un mal generalizado. Por ahora no podemos elevarlo a la categoría de los grandes males del siglo XXI como son el reguetón o Tele5 pero démosle tiempo al tiempo.

Seguro que esto te suena. Jornadas de trabajo largas, bien acompañadas de cafeína desde primera hora de la mañana. Ritmos de vida frenéticos donde nunca se llega a abarcar todo. Jornadas donde el descanso es más que necesario pero para conseguirlo tienes que recurrir a alguna ayuda en forma de relajante. Fines de semana donde el único objetivo es recuperar fuerzas y horas de sueño. Semanas donde 5 días pasan lento y 2 demasiado rápido…

Demasiadas opciones. Demasiados estímulos por todas partes y un solo cerebro para manejar toda esa información. Eso es el Jet Lag Social, el momento en que nuestro cuerpo se desvía del rumbo que marca la naturaleza. Y es que nuestro cuerpo está diseñado para adaptarse a las condiciones de nuestro entorno. Por eso, al llegar la noche se produce una reacción en nuestro organismo que nos empuja a quedar dormidos. De igual manera, con los primeros rayos de sol se desencadena el efecto contrario y despertamos.

¿Podemos evitar estos efectos?¿Podemos engañar a nuestro cuerpo? La respuesta es sí, pero tiene consecuencias. La persiana hasta abajo o la luz encendida hasta medianoche son pequeños hábitos que consiguen alterar el ritmo normal de nuestro cuerpo. Si a ello le sumamos el uso masivo de aparatos cuya pantalla emite luz (móvil, tablet, televisión, ordenador…) estamos potenciando todavía más los síntomas de este Jet Lag Social.

La solución no es fácil. Quizá la más rápida y radical sea la desconexión total, tendencia que gana más adeptos cada día en todo el mundo y consiste en el abandono de todos los perfiles sociales y la vuelta al mundo analógico, que puede llevar incluso a deshacerse del smartphone o la televisión. Un poco extremista. Pero quizá sea esa la dirección. Cada día nos adentramos más y más en el bosque de las redes sociales sin saber cómo vamos a salir. Si hace apenas unos años estas redes se contaban con los dedos de una manos, hoy en día surgen continuamente nuevas e imprescindibles plataformas donde hay que estar para estar en el mundo. Gran error. Cuanto más te sumerges en el mundo virtual, más te alejas del mundo real.

Hagamos un ejercicio. Piensa alguna vez en la que hayas recibido una notificación de alguna red social o WhatsApp y hayas tardado más de 24 horas en atenderla. Yo tampoco recuerdo ninguna. Ahora dime, ¿cómo de importante era esa alerta?. Importante nivel “tu abuela se ha caído y se ha vuelto a romper la cadera, otra vez” o importante nivel “fulanito ha comentado tu foto de las últimas vacaciones con un jajaja”. Seguro que el 99% de tus notificaciones carecen de importancia real, pero sin embargo las atendemos con demasiada rapidez. Una rapidez que nos lleva a no despegarnos del móvil y a consultarlo decenas de veces al día.

También habría que cambiar los hábitos de trabajo. ¿He oído jornadas más cortas o intensivas? Necesitamos tiempo para vivir a nuestro ritmo. No necesitamos tanto dinero para comprar todo lo que la publicidad nos ofrece como imprescindible. No necesitamos trabajar como locos para comprar todas esas cosas. No. Necesitamos tiempo de ocio. Necesitamos dormir 8 horas, pero para ello debemos acostarnos sin ver terminar el Hormiguero. Hay que cambiar demasiadas cosas.

Quizá estemos cada día más cerca de cambiar esta tendencia, más cerca de volver a mirarnos a la cara y a hablar. Quizá el ser humano no está diseñado para comportarse como un robot. Probablemente sea más saludable el bar comparado con Facebook si hablamos de red social.

 

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